
Millones de viajeros visitan cada año Tenerife y no todos hacen una de las excursiones panorámicas más impresionantes de Europa. Uno procede de Asturias y se piensa que ya lo ha visto todo hasta que se acerca a la aldea de Masca a través de la carretera que procede de Santiago del Teide, en el sur de la isla. La propia carretera es ya de por sí un espectáculo inenarrable que pone a prueba a cualquier conductor con su trazado enrevesado en el que resulta complicado cruzarse con otros coches y donde además nos podemos encontrar con autobuses que tienen que hacer maniobra en casi todas las curvas; el firme está en buen estado y hay que conducir con mucho ojo para no abusar del freno en los descensos, más aún cuando llevas un coche de alquiler que ha pasado por muchas manos.

La carretera se financió con fondos procedentes de la emigración y puso fin al aislamiento de un pueblo que hace medio siglo funcionaba con economía de subsistencia sin utilizar el dinero sino el trueque. Según los vecinos nunca hubo necesidad ni hambre pero sí incomodidades.
La aldea es de esas con encanto y merece figurar entre los 50 pueblos más especiales del territorio nacional. Incluso nos podemos alojar allí y hay servicio de bar y restaurante. Un parking a la entrada nos facilita la tarea de pasear por la población. Desde aquí se puede realizar la espectacular ruta de senderismo del barranco de Masca con su descenso vertiginoso hacia el mar. Hacía demasiado calor para mi y mejor vuelvo en otra estación menos cálida.
Desgraciadamente para los habitantes del pueblo hay complicaciones legales que les impiden construir viviendas o reformar las existentes, ya que la zona se considera protegida, aunque no tanto a la fauna humana, como suele ocurrir en muchos Parques Nacionales que tienen poblaciones en su interior.
La carretera que une Masca con Buenavista es menos complicada para los viajeros. Por cierto que hay excursiones organizadas que te llevan al pueblo para hacer la ruta del barranco y regresar en barco hasta Los Gigantes con traslado de nuevo al hotel, que seguro es más divertido que bajar y volver a subir. La ruta a pie es de sólo cinco kilómetros.
En Masca compré unas semillas de platanera que han dado origen a dos preciosas plantas que meteré en casa durante el otoño, a ver si consigo plátanos en los Picos de Europa.
Masca no es Bulnes pero impresiona mucho. Esperemos que no se acabe despoblando porque las personas son la esencia del lugar y las que lo han conservado como está. En lugares como Livigno o Samnaun, de los Alpes, los habitantes no pagan impuestos y aquí estaría plenamente justificado.
Masca es uno de esos sitios que hay que ver antes de morir.
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