lunes, 30 de julio de 2007

PICARESCA TUNECINA



Túnez es un destino turístico bastante visitado por los españoles. Los viajes a ese país son baratos y la infraestructura hotelera es excelente. En cuanto a la seguridad, no hay ningún problema y las posibilidades de sufrir un robo son menores que en los puntos de origen de los viajeros. Los tunecinos son muy agradables con el turista y el país ofrece atractivos para pasar una semana muy entretenida.

Lo único que nos puede molestar es la desmedida afición a intentar a vendernos una alfombra a toda costa, incluso tras manifestar que no tenemos ningún interés en tal producto. Por eso los zocos y las medinas son agobiantes para el turista que sólo quiere mirar con calma y preferiría precios fijos antes que ponerse a regatear.

Uno de los trucos más repetidos consiste en lo siguiente. En plena calle somos abordados por un indivíduo de buen aspecto que dice conocernos porque trabaja en el hotel en el que estamos alojados. Previamente se ha informado de nuestra procedencia gracias al taxista que nos ha depositado en la ciudad. Inmediatamente nos comenta que justo hoy es el último día de la fiesta de la lana y se ofrece a acompañarnos para indicarnos el lugar. No nos van a robar pero sí se empecinarán en que visitemos una tienda de alfombras donde nos invitarán a un té y nos prondrán conversación. Uno se siente engañado y se da el piro con cualquier excusa. El falso empleado suele hablar varios idiomas y opera a comisión con el vendedor de alfombras.

Incluso puede ocurrir que el personaje que nos interpela parezca lo más alejado de un comisionista, ofreciendo una conversación culta y alejada de lo comercial. Da igual porque el viajero acabará en un almacen de alfombras donde te intentan encasquetar una como sea.
Hay algunas cosas que uno se puede traer de Túnez, como el magnífico aceite de oliva Rúspina, el meritorio vino Magon o una jaula de pájaros con la puerta abierta para invocar a la libertad.
Túnez huele casi siempre a jamín por doquier y la gente es muy amigable. Puedes entrar a una confitería de la capital y los clientes te darán conversación símplemente por el placer de conocer a alguien de otro país, sin que en ese caso quieran venderte nada.

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